Democracia Representativa y Asambleísmo

Erwin Eschmann
Académico Programa de Estudios Europeos
Universidad de Concepción

En estos días convulsos, es común escuchar voces diversas planteando que la “democracia representativa se agotó” o está en una “crisis terminal”, incluso algunos derechamente plantean desecharla. Por la falta de legitimación social de algunas instituciones representativas, por ejemplo, el congreso o el gobierno argumentan que la “soberanía debiera volver al pueblo” para que este determine una nueva forma de organización política. Plantean como alternativa el “Asambleísmo”, es decir, una forma de organización propia de federaciones estudiantiles, gremios o movimientos sociales, cuya virtud estaría en la necesidad que, para adoptar cualquier decisión colectiva, se debe consultar a cada uno de sus miembros limitándose los representantes de la asamblea a convertirse en verdaderos voceros o ejecutores de la voluntad de los electores. De ahí que escuchemos comúnmente a dirigentes expresiones cómo “no puedo decidir ni pronunciarme sin consultar a las bases”.

Cabe preguntarse: ¿es conveniente dejar de elegir representantes que tomen decisiones de manera autónoma en representación de sus electores?; ¿es replicable una forma de organización y toma de decisiones propia de grupos intermedios en ciertas instituciones del Estado? La respuesta claramente es no.

Por la complejidad de los temas, la extensión del territorio, la cantidad de población y la celeridad que requieren algunas decisiones, la democracia representativa es la forma de gobierno más perfecto que conocemos por ahora, aquella donde en elecciones libres el pueblo elige representantes en quienes delega el ejercicio de la soberanía mediante un mandato representativo para que tomen las decisiones desde el Estado (presidente, parlamentarios, alcaldes, etc.). ¿Se imagina un senador o presidente teniendo que preguntarles a todos sus electores cada vez que deba votar una ley o tomar una decisión? Sin embargo, lo anterior no es óbice para que la representación política se fortalezca con mecanismos de participación ciudadana en diversos niveles, ya sea en la construcción de políticas públicas o mediante instituciones propias de la democracia directa como plebiscitos, iniciativa popular de ley, sin perjuicio de fortalecer el necesario accountability.

Es un hecho objetivo los cuestionamientos que están enfrentando en el mundo instituciones representativas a partir de la falta de confianza que tienen en ellas la ciudadanía, pero la alternativa no es prescindir de ellas, sino que mejorarlas y fortalecerlas con las reformas que sean necesarias. De ahí que, uno de sus aspectos más sustanciales a discutir en el debate constitucional que se avecina, debe ser cómo lograr el justo equilibrio entre la representación política y la participación directa de los ciudadanos en los asuntos del Estado.

 

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