Entre whiskey y vodka

Sergio Sepúlveda Sepúlveda
Académico del Programa de Estudios Europeos
Universidad de Concepción

En estos días me he permitido retomar la interacción social y las conversaciones que la rutina no deja cultivar. Y más grato ha sido con brebajes que permiten que el diálogo sea más ameno.

En cuanto al whiskey (no whisky), este quema menos que el tradicional escocés, y tiene buen sabor, tal como vemos en las primeras elecciones europeas post Brexit. Desde su autonomía y posterior independencia, Irlanda tuvo gobiernos con mayoría conservadora, los que desde el pasado sábado 8 de febrero fueron desplazados por Sinn Fein (SF), el brazo político del IRA (Ejército Republicano Irlandés). Este resultado inesperado (a SF le faltaron candidatos) se debió al descontento de la población frente a los partidos tradicionales y al efecto aún no superado de la gran crisis económica del año 2008, volcándose este enojo a grupos populistas, tal como ha sido la tónica en el continente. Sin embargo, SF está lejos de formar gobierno por no tener mayoría, y al igual que los socialistas en España, deberá negociar con las diversas facciones de izquierda para llegar al poder.

Sobre el vodka, si bien el mercado presenta una gran variedad; me quedo con el vodka ruso, con que recordamos los incontables brindis que sometió Stalin a las delegaciones aliadas en las reuniones y destaco la ocurrida hace 75 años: Yalta. Esta conferencia definió el fin del III Reich, pero originó la Guerra Fría por permitir la división de Europa en dos zonas bajo la cortina de hierro, en que cándidamente los occidentales confiaron en el llamamiento de elecciones en el breve plazo bajo las zonas que quedaron en control soviético, teniendo como resultado gobiernos satélites al alero totalitario de Moscú. Tras su caída, el comunismo dio paso a gobiernos con serios problemas de entender la democracia occidental, teniendo los casos de Polonia y Hungría.

También consideremos que relación con los lugares mencionados. De Irlanda provino uno de los mejores funcionarios coloniales y padre de nuestro libertador, don Ambrosio O’Higgins. Del Este de Europa, las relaciones datan desde la década de 1960 (interrumpidas en la era militar), y nos enseña como los totalitarismos han hecho estragos en ese suelo y como la democracia ha sido endeble por expectativas no cumplidas.

Por lo tanto, para que la contingencia local no sea un traspié para nuestra alicaída democracia, los actores deben retomar los consensos y condenar la violencia como mecanismo de acción política pero sobre todo, aterrizar las expectativas para que no lleguen aires ideológicos trasnochados que catalicen el descontento, tal como los populismos europeos.

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