Notre Dame de París

Dr. David Mataix
Académico del Programa de Estudios Europeos Universidad de Concepción

 

Había sobrevivido a las guerras, a la Revolución Francesa, a las órdenes de Hitler de destruirla, pero se quemó, se quemó el día lunes 15 de abril de 2019, a pocos días de las celebraciones de Semana Santa. La catedral Notre Dame de París no es sólo un símbolo de la cristiandad, es mucho más que eso. Pudimos observarlo en las reacciones de la gente en todo el mundo. Vimos cómo las cámaras transmitían en directo el techo de la catedral en llamas, escuchamos y leímos las reacciones y los tuits de los dirigentes de todo el planeta: Trump, May, Merkel, Putin, Trudeau, Juncker, entre otros.

En Francia, ese día y a esa misma hora, el presidente francés iba a difundir un mensaje televisivo. Lo había prometido en una intervención pública realizada el 10 de diciembre de 2018, en plena crisis de los chalecos amarillos y pocos días después de otras imágenes terribles de la capital parisina difundidas en el mundo entero: escenas de combate en los Campos Elíseos y destrozo del museo del Arco de Triunfo. Francia vivía entonces otra crisis, que aún no ha terminado. Aquel día de diciembre, delante de más de 23 millones de telespectadores (más que para la final del Mundial de Fútbol de 2018), Macron, después de una consulta ciudadana nacional, prometió que iba a proponer una salida a esta crisis. Sin embargo, la intervención programada para este lunes 15 de abril fue cancelada a última hora, ya que nadie podía imaginarse lo que estaba pasando: Notre Dame, la catedral de más de 850 años, se estaba quemando. Nunca pensamos que los monumentos pueden desaparecer, pensamos que estarán ahí para siempre, pero el lunes lo inimaginable estaba pasando en París. Y el mundo se detuvo, la Francia laica se detuvo y Macron decidió posponer su intervención (todavía no se conoce la nueva fecha). En ese momento, no había crisis política, no había chalecos amarillos… algo más grande y más importante estaba pasando, algo relacionado no sólo con la historia de los franceses, sino también de la humanidad.

Durante la tragedia, franceses republicanos criados con el biberón del laicismo se acordaron que en Notre Dame se encontraba la corona de espinas y un clavo de la cruz de Cristo. El presidente francés y todo un pueblo, en su mayoría no practicante, siguieron conmocionados el desastre que todos los canales transmitían en directo. Además, el presidente hizo referencia a las fiestas de esta semana, sin que nadie se atreviese a criticarlo.

Este lunes, Macron, que iba a intentar apagar en directo un incendio social violento, se trasladó al centro de París para ver cómo los bomberos intentaban controlar otro incendio delante de millones de espectadores. Este último fue controlado a tiempo y logró evitarse lo peor.

Toda Francia estaba en shock, pero “se superará”. Así lo dicen todos, así lo quieren todos. Muchos ya han empezado a movilizarse. Grandes grupos económicos han ofrecido dinero para financiar la restauración y los franceses parecen contentos y también orgullosos de haber redescubierto su patrimonio.

A Macron le toca ahora hacer lo mismo con otra crisis que tiene Francia hoy. Le corresponde apagar el otro incendio, el incendio social. Es de esperar que lo consiga, después de unos meses durante los cuales hemos visto lo mejor de París, ese patrimonio que consideramos todos como nuestro patrimonio mundial (Campos Elíseos, Arco de Triunfo, Notre Dame), bastante violentado. Podemos desearle a Francia que salga aliviada y fortalecida de todo lo que está viviendo desde hace ya unos meses y que vuelva a ser la capital que el mundo admira.

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